Leyendas, un arte perdido

La firma de Paulina Castañón

Recuerdo estar sentada en el suelo de la casa de mi abuela, escuchando como mi primo nos contaba a todos la leyenda de la llorona. Colocaba una linterna debajo de su mentón y dejaba que la noche nos envolviera en total oscuridad.

La llorona era una mujer que había ahogado a sus hijos en el río. Pasaba llorando todas las noches gritando desesperadamente “ay mis hijos!”. La leyenda dice que si la escuchas de cerca significa que está lejos, pero si la escuchas lejos significa que está cerca. Lo que más me daba miedo de aquella historia, era la contracción de la cercanía. Si llegaba a escucharla, no quería escucharla cerca, porque me darían mucho miedo sus gritos desgarradores, pero el escucharla lejos y pensar que estaba cerca… era algo que me aterraba aún más.

Aquella imaginación infantil sostuvo varias de mis historias de la niñez. El despertar con trenzas y que mi abuela me dijera que había sido el sombrerón. El ver una fuente y pensar en la siguanaba bañándose dentro de ella. Mi imaginación no tenía límites, mientras recorría las calles de Guatemala o hacía mis viajes a pueblos desconocidos, estas leyendas cobraban vida dentro de mi cabeza y de mi vida cotidiana.

Las leyendas son un arte perdido. Mi hermano, que tiene la misma edad que yo tenía cuando escuché esas leyendas por primera vez, no le tiene miedo de nada. Se la pasa jugando en su ipad, o viendo videos en youtube, donde de vez en cuando ve algo interesante, si no es que está ocupado buscando trucos para superar los niveles de sus juegos. Los niños de hoy en día se encuentran tan inmersos en la tecnología, que la imaginación se ha ido perdiendo… la creatividad de crear historias en los lugares que nos rodean.

Las leyendas se van renovando constantemente. Los mayas las utilizaban para explicar su existencia  y creación y de esta manera surgió el Popol Vuh. Países como Irlanda, México, Escocia y Japón poseen sus propias leyendas llenas de misticismo por los cuales son bastantes conocidos. Muchas de estas tienen en común el valor moral, la conexión con la naturaleza y el miedo a lo inexpicable. Las leyendas nos conectan con nuestras tradiciones, ya sea que creamos en ellas o no, son parte de nuestro lugar de origen, una herencia generacional.

Hoy todo tiene explicación y solución para nosotros. Los desastres naturales se pueden anticipar, se sabe cuando va a llover. ¿Qué más vamos a inventar? cuando todo ya está inventado. Nos hemos vuelto escépticos, ante lo que vemos y escuchamos… si nos dicen que hay un monstruo en el lago, no llegamos a creerlo, pero si vemos un video de un canguro en el aeropuerto creado con inteligencia artificial si lo hacemos, porque lo estamos viendo en una pantalla.

La tradición cuelga de un hilo. las costumbres, las recetas de la abuela que nunca aprendí porque es más fácil pedir comida a domicilio. En unos años, ¿Cuáles serán nuestras leyendas? ¿Seguirá existiendo la palabra? o ¿se quedará obsoleta?.

Tal vez la próxima vez que escuche a la llorona no me de miedo, si no que me reconforte el pensar, que en las calles de Guatemala, las leyendas siguen rondando, y no están lista para ser olvidada.

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