El diseño de la ciudad y su impacto en la vida cotidiana

La firma de María Renée Estrada

Durante mis años de universidad tuve la oportunidad de conocer y leer al gran Viktor Papanek, un diseñador, antropólogo, autor y activista influyente que transformó la comprensión del diseño, elevándolo de una mera actividad estética a una fuerza potente para el cambio y la responsabilidad social medioambiental, una visión que hoy en día resuena fuertemente y con la cual conecté de manera muy natural, ayudando a moldear mi propia identidad personal y profesional.

La premisa que me parece más relevante de Papanek es que el diseño es inherentemente social y ético, y su función primordial es resolver problemas humanos, no solo crear objetos estéticos o impulsar el consumismo, abogando por un diseño inclusivo, interdisciplinario y responsable, que considere las necesidades de todas las personas, no solo del usuario principal. Su idea central es que el diseño debe servir al “mundo real”, y esto implica una profunda responsabilidad social y ecológica. Sumado a eso, Papanek afirmaba que todo a nuestro alrededor es diseño. La cuestión a reflexionar es ¿todo es buen diseño, mal diseño o diseño mediocre?

Hablemos entonces del diseño de la ciudad. Si pensamos en un buen diseño, ¿cuál viene a nuestra mente? Quizá Copenhague, Madrid o cualquier ciudad japonesa. Ciudades que disfrutamos porque nos dan libertad de movilidad, podemos caminar, tomar un bus, rentar una bicicleta, subirnos al metro o pedir un taxi. América Latina tiene algunos otros ejemplos, que si bien no son perfectos, resuelven en alguna medida (Ciudad de México, Curitiba, Medellín, por mencionar algunas).

Uno de los problemas en Guatemala, sobre diagnosticada en muchos temas incluido el urbano, es el carro-centrismo. Un buen porcentaje de las personas que habitamos el área metropolitana de Guatemala no conoce otra forma de movilidad que no sea a través de un automóvil. ¿Caminar? ¿Subirse a un bus? ¿Moverse en bicicleta? Imposible. Por un lado, afortunadamente, no han tenido la necesidad y por otro, no existen alternativas que les permitan experimentar ese tipo de libertad que tanto disfrutan en ciudades europeas, latinoamericanas o estadounidenses. ¿Por qué? Porque el diseño de la ciudad de Guatemala, y municipios aledaños, tiene un enfoque principal en pasos a desnivel, circunvalaciones, viaductos y más carriles, en lugar de un enfoque en el peatón, transporte público de calidad, seguridad y educación vial, bicicletas y banquetas. 

La forma urbana de una ciudad condiciona la seguridad, el tiempo libre, la convivencia y la calidad de vida de las personas. ¿Qué pasa entonces con una ciudad mal diseñada (como Guatemala y aledaños)? No hay seguridad, no hay tiempo libre, no hay convivencia y tampoco calidad de vida. Es urgente prestar atención a esto, y resolver el tema de fondo – no con parches, ni respuestas cortoplacistas y mediocres para ganar las próximas elecciones municipales.

Kimberly Padilla lo escribió mejor en un artículo para No Ficción, titulado La movilidad no cabe en un anillo”. Vayan a leerla.

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