¿De quién es nuestra opinión?

La firma de Laysa Palomo

Hace poco le pedí a mis estudiantes que analizaran una noticia relacionada a la política y que dieran su opinión sobre ella. Para mi sorpresa el 90% del salón tenía la misma opinión y hasta la misma redacción. Claro, pasaron la pregunta por inteligencia artificial. 

Y esto realmente me preocupó. Porque eso quiere decir que actualmente, ni siquiera podemos generar una opinión propia… en donde se supone que no hay una respuesta correcta o incorrecta, solamente la oportunidad de compartir nuestras reflexiones. Estamos delegando el proceso de pensar.

Hola, soy Laysa Palomo, fundadora de la agencia VOICE, y esta es la firma donde hablamos de comunicación y opinión pública. 

Opinar es la exploración de nuestra propia identidad. En la teoría del desarrollo psicosocial¹, se explica que la identidad no es un rasgo fijo, sino un proceso de búsqueda y definición constante en el que las personas van integrando valores, creencias, experiencias y formas de relacionarse con el mundo. Desde esta perspectiva, opinar no implica únicamente emitir un juicio sobre un hecho, sino también revelar y poner a prueba aquello que somos.

Por eso, la pregunta no es solo si todavía somos capaces de opinar, sino si seguimos dispuestos a atravesar el proceso interno que implica hacerlo. ¿Profundizamos en por qué algo nos gusta o nos incomoda? ¿Todavía decidimos por nosotros mismos si apoyamos una causa o no? ¿O hemos empezado a depender de un tercero y, en este caso, de una máquina, para que nos diga qué pensar, qué sentir y hasta quiénes somos? 

Pero la opinión no se construye únicamente de forma individual. También tiene una dimensión social. Una parte importante del autoconcepto de las personas proviene de los grupos a los que sienten que pertenecen, de las ideologías o de los entornos con los que se identifican. Bajo esta lógica, muchas opiniones muestran con quién estamos, de quién tomamos distancia y qué valores sentimos como propios. 

Y en ese contexto, la inteligencia artificial añade todavía otra capa de complejidad. Si antes la opinión ya estaba influida por los grupos, hoy también empieza a estar mediada por sistemas que organizan, sintetizan e incluso redactan por nosotros. El problema es que nuestras ideas están siendo intervenidas antes de que hayamos hecho el trabajo interno de interpretarlas. Si delegamos constantemente el ejercicio de pensar y tomar una postura, corremos el riesgo de debilitar nuestra capacidad de formar criterio propio, una capacidad fundamental para nuestra sociedad, especialmente para nuestro rol como ciudadano. 

El reto actual, entonces, no es si sabemos escribir nuestra opinión, sino que no perdamos la convicción humana de atravesar esos procesos para ser capaces de defender ideales personales, profesionales y hasta políticos. Una persona que renuncia a pensar, interpretar y opinar por sí mismo, no solo pierde su “capacidad de análisis”, pierde también en el fondo una parte importante de su libertad.

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