Las narrativas que sostienen (o derrumban) el mañana

La firma de María Renée Estrada

“El futuro fue ayer”. Esta frase, recurrente entre prospectivistas, encierra una verdad incómoda pero vital: el futuro no se construye en el vacío. Así como el presente que habitamos fue diseñado hace cincuenta años, debemos tener la certeza de que lo que visualizamos hoy son los cimientos de las próximas décadas.

Por ello, resulta crucial analizar las narrativas e imágenes del futuro que estamos gestando.

Hola, soy María Renée Estrada y esta es mi firma de opinión sobre las narrativas que sostienen o derrumban el mañana.

Fred Polak, sociólogo holandés y pilar de los estudios del futuro, plantea en su obra La imagen del futuro una tesis tan fascinante como provocadora: la capacidad de una sociedad para imaginar un porvenir positivo no es un lujo intelectual, sino el motor principal de su éxito o su ruina.

¿Cuáles son los pilares de la tesis de Polak?

El futuro como causa del presente: Polak rompe con el determinismo histórico. Sostiene que nuestras visiones —miedos, esperanzas y utopías— actúan como un imán que arrastra a la sociedad. Si una cultura posee una visión clara y optimista, esa energía moldea sus decisiones presentes.

La dialéctica del cambio: La historia no es accidental. Existe una tensión constante entre la Imagen (lo que podría ser) y la Realidad (lo que es). Cuando la imagen trasciende lo cotidiano, la sociedad florece.

La trampa del “presentismo”: El mayor peligro es perder la capacidad de soñar. Sin una utopía que perseguir, las sociedades se vuelven narcisistas, se estancan y, finalmente, colapsan. Para Polak, la crisis de la modernidad es, en esencia, una atrofia de la imaginación.

Las civilizaciones no mueren por falta de recursos; mueren cuando sus imágenes del futuro son demasiado débiles para sostener la voluntad de avanzar. Como bien sentenció Polak: “La cultura que no tiene una imagen del futuro positiva, sencillamente no tiene futuro”

Esta advertencia es dolorosamente relevante para la realidad de Guatemala y de tantos otros países. No se trata de abrazar un optimismo ingenuo ni de abandonar el pensamiento crítico.

Se trata de reconocer que este “presentismo” es el prólogo de un cinismo macabro que ya ha empezado a devorarnos.

Necesitamos, con urgencia, detonar conversaciones que nos permitan dibujar imágenes del futuro lo suficientemente poderosas como para tender puentes. Visiones que obliguen a sentarse en la misma mesa a quienes, por décadas, se han considerado irreconciliables. Solo recuperando la facultad de imaginar un destino común podremos alcanzar esos acuerdos mínimos que sostienen la convivencia y la democracia.Porque si no somos capaces de visualizar un lugar donde quepamos todos, estamos condenados a habitar las ruinas de un presente que no va a ninguna parte. El futuro no es lo que va a pasar; es lo que vamos a hacer que pase. Y la pregunta es: ¿tenemos la valentía de imaginarlo y construirlo en conjunto?

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