La firma de María Renée Estrada
Carta abierta al presidente Bernardo Arévalo, a la ministra Norma Zea y al ministro Jonathan Menkos
Guatemala es un país de contrastes y encuentros. Un territorio donde conviven volcanes, selvas, ciudades, costas y montañas; donde más de veinte pueblos y culturas comparten un mismo espacio, una misma historia y un mismo futuro. Sin embargo, muchas veces vivimos separados no por la distancia cultural, sino por la falta de conexión física entre nosotros.
La infraestructura no es únicamente concreto, asfalto o puentes. Es la posibilidad de acercarnos. Es el camino que permite que una madre llegue más rápido a un hospital, que un estudiante tenga acceso a oportunidades, que un productor pueda llevar su trabajo a nuevos mercados, que florezca el turismo interno o que una comunidad deje de sentirse aislada del resto del país.
Hablar de conectividad es hablar de integración nacional. Durante décadas, Guatemala ha crecido de manera fragmentada: ciudades que avanzan a ritmos distintos, territorios desconectados y comunidades enteras que permanecen fuera de las dinámicas económicas y sociales más importantes. Esa desconexión no solo limita el desarrollo; también debilita el sentido de pertenencia colectiva.
La infraestructura tiene entonces una dimensión profundamente humana. Cada carretera, sistema de transporte, red logística o proyecto urbano tiene el potencial de acercar personas que, aunque comparten nacionalidad, muchas veces viven realidades completamente distintas. Conectar territorios también significa reconocernos mutuamente: entender que lo que ocurre en Panzós, Alta Verapaz o Concepción Huista, Huehuetenango, impacta en la Ciudad de Guatemala; que el occidente, el oriente y la costa sur forman parte de un mismo tejido nacional.
Diversos análisis, de organizaciones como Fundesa, han señalado que la inversión en infraestructura es una de las condiciones fundamentales para aumentar la competitividad, reducir brechas sociales y generar oportunidades sostenibles. Y yo agregaría que, más allá de los indicadores económicos, existe una dimensión menos visible y muy relevante: la infraestructura fortalece la cohesión social.
Cuando un país se conecta, también se reconoce a sí mismo.
La diversidad guatemalteca no debería ser motivo de fragmentación, sino una fuente de riqueza colectiva. Y para que esa diversidad dialogue y conviva, necesita puntos de encuentro. Necesita ciudades pensadas para las personas, sistemas de movilidad eficientes y proyectos que integren regiones históricamente olvidadas.
En una época marcada por la polarización y las diferencias, la infraestructura puede convertirse en uno de los pocos proyectos verdaderamente compartidos. ¿Por qué? Porque no distingue ideologías ni sectores: todos necesitamos movernos, encontrarnos, comerciar, estudiar y convivir.
El futuro de Guatemala dependerá en gran medida de nuestra capacidad de dejar de pensar el territorio como piezas separadas y empezar a verlo como una red viva de comunidades interdependientes. La conectividad no solo reduce distancias físicas; también acorta distancias sociales, económicas y culturales.Y quizás ahí reside el verdadero valor de la infraestructura: no únicamente en unir puntos en un mapa, sino en recordarnos que, pese a nuestras diferencias, seguimos compartiendo el mismo territorio.
Y es que construir e invertir en infraestructura es, en el fondo, construir país.